No a las rabietas, sí al buen carácter

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No a las rabietas, sí al buen carácter

Category : Artículos

Mi mamá siempre me dice “cuando yo les crié a ustedes, las cosas no eran tan difíciles. Obedecían y si tenían un mal comportamiento, venían inmediatamente a disculparse”. Somos tres hermanas, yo soy la mayor y recuerdo claramente que en casa no había gritos, ni berrinches, ni pataletas y que con una mirada de papá o mamá, cualquier acercamiento a una mala conducta se suspendía automáticamente.

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Hoy en día nos enfrentamos a niños y adolescentes que tienen tanta autonomía y acceso a la información, que asumen, de alguna manera una actitud de igualdad, de quemimportismo e incluso de rebeldía frente a la autoridad. No basta clavarle los ojos o hacerle una seña para que el niño o adolescente entienda que debe parar su comportamiento negativo. Por el contrario, muchas veces ellos nos miran con más intensidad llegando al punto de desafiarnos. Hay hogares con situaciones tan adversas que los padres llegan a tener miedo de sus hijos. Se les complace permanentemente, incluso se les quita consecuencias impuestas previamente con tal de mantener la calma.

El respeto es básico para cualquier relación humana, más aún en el ámbito intrafamiliar. Por lo tanto, si prevenimos rebeldías innecesarias e iras crecientes desde la primera infancia, ayudaremos a formar adolescentes y adultos más controlados.

Es importante descubrir el origen de las rabietas. Muchas veces pueden ser justificadas, pero la mayoría de veces no lo son. Nunca debemos actuar en el momento más fuerte de la rabieta, cuando nuestro hijo está llorando y quejándose, debido a que en ese momento no nos escuchará.

Normalmente los niños comienzan una rabieta con el propósito de llamar la atención. Si le complacemos cada vez que lo hace, pensará que esa es la manera adecuada y eficiente de conseguir lo que quiere. Habremos entonces condicionado una conducta negativa: si quiero algo, lloro y si no me complacen, grito. Si, por el contrario, no decimos nada y no le hacemos caso, llegará un momento en el cual se dará cuenta de que es una conducta que realmente no sirve para su propósito.

Que nuestro hijo nos conteste con un “no” o que se demore mucho cuando le pedimos que haga algo es una conducta común. Lo hace para ponernos a prueba y probar nuestros límites. Sin embargo, el niño debe entender que su mala conducta al no cumplir lo que le estamos pidiendo, tiene una consecuencia. Si no quiere comer, no lo debemos obligar, podemos decirle que vaya a su cuarto para reflexionar.

Las cosas se pasan de castaño oscuro cuando una rabieta se convierte en un ataque de ira y hay una sensación de pérdida de control:
, se ahoga, patalea. Es importante, desde pequeños, parar el ataque para eliminar esta conducta negativa.

¿Cómo? Una manera es desviar la atención del niño o echarle unas gotitas de agua fría. No podemos permitir que esto suceda porque se va convirtiendo en un hábito. Pero, debemos estar muy conscientes de que no vamos a frenar este comportamiento con gritos e imposiciones. Lo que lograremos es que se vaya dañando la dinámica familiar y todos se vean afectados.

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Por tanto, se debe establecer normas a seguir ineludiblemente y también acuerdos establecidos con nuestros hijos para que ellos sepan que han sido parte de la decisión y que deben asumir las consecuencias en caso de no cumplir los acuerdos.

Estamos estableciendo las bases de comportamiento que durarán una vida. Hagámoslo con mucho amor, pero con mucha firmeza. El amor también se refleja en la disciplina.

 

Alegría Crespo

PhD (c) Ciencias de la Educación


Educar con Alegría