Confinamiento del Alma: esto también pasará

Mi computador y yo, los pájaros trinan y no hay el ruido familiar del tráfico quiteño. He despertado con una pesadilla, no ha sido el mejor despertar. El coronavirus ha llegado como un intruso, a interrumpir las horas rápidas del reloj, a recordarnos lo poderoso de la naturaleza y a hacernos frenar.

Este confinamiento, cargado de noticias del incremento de infectados, de muertos y de detenidos por no respetar el toque de queda, nos pone en un modo de sobrevivencia, en un modo alerta.

Yo viví un confinamiento ya, por eso, esto ha desbordado mis recuerdos. Fue otro tipo de confinamiento sin duda, pero un confinamiento que destrozó mi vida, que me hizo adulta de la noche a la mañana y que hoy me hace ser quien hoy soy. Era un sábado soleado, 29 de agosto de 1998. Mi papá Rodrigo, mi mamá Alegría y mis hermanas Andrea y María Fernanda viajaban a Cuba por vacaciones. Mi papá me invitó varias e insistidas veces a ir con ellos, pero  algo me dijo que no debía ir.

El avión en la pista alcanzó 340kms por hora al momento del despegue y pero el piloto había olvidado levantar los switches que activan los alerones para dar impulso para que el avión se eleve. Se intentó abortar el vuelo. El intento fue fallido. Con esta falla, el avión se chocó y se partió en dos. Ese momento falleció mi amado padre desnucado a sus 49 años. Mi mamá y hermanas, que estaban una fila detrás, salieron volando con sus asientos y cayeron en la pista con la turbina en llamas a metros de ellas. Mi mamá sintió un gran dolor: la muerte de mi papá y después de eso solo oyó “mami”. En esa catástrofe era mi hermana María Fernanda, de 16 años, pidiendo ayuda con Andrea, de 20, casi muerta. Mi mamá caminó entre muertos y escombros y llegó a mis hermanas, zafó el cinturón de María Fernanda y le dijo “corra mamita que esto va a explotar” y vio casi muerta a Andrea, pensó morir con ella, pero de repente sintió muchas fuerzas y con un brazo (porque el otro lo tenía destrozado), la arrastró por la pista hasta que los voluntarios pudieron ayudar. Un minuto después, todo explotó. Murieron 14 tripulantes y 77 pasajeros.

Al enterarme, mi alma entró en confinamiento, había perdido al ser humano que más admiraba y con quien me sentía protegida. Mi mamá estuvo con septicemia 21 días y con 80% de quemaduras en UCI, irreconocible por la hinchazón y por la costra en su cara, me preparaba para su muerte. Yo le decía que ella no se irá a ningún lado. Mis hermanas quemadas, con ellas quemada gran parte de mi alma, viéndolas sufrir intensamente de dolor, anestesiadas con opioides. Las operaciones eran pasando un día y tuve que firmas 90 consentimientos aceptando que podían morir.

A mis 22 años, saqué la guerrera que hay en mí, las cuidé, las ayudaba, y fueron cuatro meses en el hospital, cuatro meses de confinamiento, cuatro meses de miedo por su posible muerte, cuatro meses de dolor.

Pero también fueron cuatro meses de agradecimiento por su vida, porque ante semejante tragedia, que hayan sobrevivido tres de cuatro fue un milagro.

Al salir del hospital, llegó la luz, esa luz no brillaba igual. Tenía el dolor irremediable de la muerte de mi padre y de las cicatrices físicas y psicológicas. Ese suceso y ese confinamiento me ha preparado para la vida. Fue tanto el dolor, que me ensordeció, que anestesió y mientras escribo este testimonio, no dejo de llorar.

Sin embargo, todo pasa…uno aprende a vivir, uno aprende a llevar un legado y a ser fortaleza. No salimos ilesos de estos acontecimientos, al contrario, nos inundan de emociones y sensaciones que deben hacernos mejores. Por eso, he decidido educar: para servir a los demás.

De este confinamiento y experiencia del coronavirus, tampoco saldremos ilesos. Ojalá así sea: esto nos debe cambiar, esto nos debe mejorar, esto debe hacer que nos fijemos en lo importante, en lo trascendente, en lo vital.

Pasaremos el aislamiento, pero habrá un pedacito de nuestra alma que recordará, irremediablemente, esta etapa haciéndonos ver la fragilidad de la vida.

Solo espero, de todo corazón, que esto nos haga mejores.


Educar con Alegría